Para entrar a vivir

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Para entrar a vivirMe llamó con la excusa que la ayudase a decidir el color de una habitación y fui aunque hubiera sido una clienta horrible hasta la fecha. Siempre cambiando de opinión, exigiendo más, tirando por tierra todas mis ideas… Aquella mujer y yo no conectábamos desde el primer día, y sin embargo, fue ella la que convenció a su marido, cuya única aportación a la casa había sido económica, para que yo se la hiciera.Llegué a la casa, que estaba para entregar, y no quedaba ya ningún operario. Estaba ella sola. Me abrió la puerta desde el interfono de la tercera planta, junto a su habitación, pero no bajó a recibirme como era habitual cuando me llamaba para quejarse por algo que no le había gustado. Y desde arriba, a través del hueco de la escalera, me llegó un “sube!” escueto, seco e inquietante. Me temía lo peor…Subí los escalones montándome la película de lo que iba a pasar a continuación: me señalaría algo que no estaba a su gusto, alguna minucia, y diría que es inconcebible que se me hubiera pasado por alto semejante error de diseño. Yo le prometería que hablaría con el contratista para que solucionara el problema y me iría para el estudio otra vez. Le encantaba hacerme perder el tiempo, saber que dijera lo que dijera yo le daría la razón y acudiría para tenerla contenta.Tres pisos con sus 16 escalones cada uno, pensando en la bronca que me süperbahis iba a comer. Y cuando llegué arriba por poco los vuelvo a hacer en dirección opuesta y rodando por el shock; allí estaba ella, pero no era ni de lejos lo que yo había imaginado: me esperaba delante de la puerta de su habitación con una copa de vino en la mano, las gafas de sol aguantándole el pelo, y un modelito boudoir que hizo que pensase, después de tantos meses, que esa madurita que parecía que llevaba una escoba metida por el culo, en realidad era un portento de mujer a la que me rendiría encantado.Al verme con las pupilas dilatadas como si me acabase de meter unas rayas, automáticamente dijo que había algo que era inconcebible en su habitación y tenía que verlo con mis propios ojos. Y yo, cual zombie, la seguí sin articular palabra, pero siguiendo con la mirada su giro para entrar en la habitación, y disfrutando de un hermoso culo y sus piernas contorneadas por las medias.Señaló la cama (no sé por qué sólo había un mueble en toda la casa) y dijo: “creo que es muy poco profesional que hayas acabado la casa y no hayas tenido el detalle de estrenarla con la que te ha estado manteniendo estos últimos meses”. Y luego se acabó la copa de vino sin dejar de señalar la cama. Así que… me tumbé sin mediar palabra, todavía estupefacto por la surrealista situación. En ese süperbahis güvenilir mi momento sólo pensaba en poner las manos sobre aquel cuerpo y en que, en cualquier momento, esa lunática podía sacar un látigo o algo peor. La verdad es que le había cogido un poco de respeto.Me sacó los pantalones como quien abre la bolsa de la compra, sin ningún reparo ni delicadeza, y me hizo un gesto con la barbilla para que hiciera mi parte con la camiseta. Me tenía allí estirado y desnudo, callado y con cara de no entender nada, pero con ojos de deseo, la respiración rápida y la tensión por las nubes.Entonces con dos dedos me señaló que me incorporase, se abrió de piernas y apretó mi cara entre ellas para que intentase salvar mi honor profesional de alguna otra forma que no fuese lo que había estado haciendo hasta la fecha. Así que me limité a darle la razón al cliente y tratar de contentarla con todas mis fuerzas, pero también con mis esbeltas y hábiles manos. Parece que se me dio mejor eso que diseñar a su gusto, porque esos gemidos no los había escuchado al acompañarla a la casa la primera vez que entró. Mi mano libre no paraba de intentar tocar algo alejado más de 20 cm de mi cara, pero me lo impedía cada vez que lo intentaba.Mi ego crecía por momentos hasta que… hasta que noté que me ataba algo al cuello que resultó ser un collar süperbahis giriş de perro, con su cadena correspondiente. Yo esas cosas sólo las había visto en películas! Y en ese momento llevaba uno puesto y había una especie de sargento alemán sexy agarrando el otro extremo de la correa, que me miraba con una sonrisa maliciosa. Por fin la había hecho sonreír. Eso no me podía estar pasando a mí, pero estaba ocurriendo.Tiró de la cadena y me tumbó en la cama. No me atrevía ni a moverme. Entonces se quitó un zapato, se sacó una de las medias dejando el liguero colgando, y me metió la punta del pie en la boca. Eso debería haberme dado asco pero… no fue así, me encantó tener sus dedos en la boca y jugar con ellos. No tanto como haber estado en su entrepierna, pero no estaba nada mal. Y yo estaba ya marcando las doce con mi escalímetro hacía un buen rato…Cuando acabé con el segundo pie, volvió a dar otro tirón de correa y me hizo poner a cuatro patas. Y entonces me paseo por la casa diciéndome, habitación por habitación, cómo había pensado amueblarla. Intenté dar mi opinión pero al empezar la frase me dijo que no me había dado permiso para hablar, y que hasta ahora lo había hecho bien (por fin hacía algo bien).Me dio permiso para bajar las escaleras de pie, y al llegar a la cocina, en la planta baja, se bajó las bragas, se apoyó con los brazos en la encimera que había costado más que todos mis honorarios, y con el culo en pompa me dijo: “y ahora, acaba el trabajo por el que te he pagado” mientras miraba, a través de sus gafas de sol, hacia el fondo del patio que se veía más allá de la sala, donde estaba su marido limpiando la piscina.

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